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Noche en Babia | sensaciones


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Sensaciones
Por J. M. Hernández de la Luna   
Martes, 17 de Junio de 2008 15:36

 

Andar en la noche leonesa es andar sobre el páramo en el que sopla el duro cierzo, sobre la hojarasca del robledal, sobre las cumbres de sus montes sempiternos... Y dormirse en el risco junto al acantilado, embargados por el vértigo de las alturas. Es León un mundo en sí mismo, un claro ejemplo, una vez más, de la diversidad paisajística de España. 

Y es Babia uno de esos lugares que te arrebatan, mezclándose carne y tierra, una vez más, humus del hombre y humus del mundo. La noche es mágica. Las tinieblas hacen opaco el sentido obvio, pero despiertan otros sentidos. Todo pasa del color al claroscuro, la razón pierde la noción del tiempo y del espacio y llega el puro sentir.

 

Como decía, andábamos paseando. Una noche en la que la Luna se ocultó tras inesperadas nieblas estivales. Pero apenas basta un poco de claridad en el cielo y el corazón bien despierto para alumbrar un senda que guía al caminante por entre los campos.

La noche cae sobre la laguna de Babia

 

Son senderos que también frecuenta el ganado, pero la noche le pertenece a los fugitivos. A la raposa, cuyos brillantes ojos desaparecen fugazmente tras los matorrales del sotobosque. A la liebre, quien, alerta, torna la cabeza, siendo el blanco característico de su trasero la última señal de que una vez estuvo allí. Al erizo, otro de los enmascarados hijos de las sombras, cuya espinosa armadura le protege ante el acoso de sus enemigos. La marcha prosigue y cada paso es en realidad el disfrute mismo del camino más que el fin en sí mismo. Porque aquí, en la Santa Naturaleza, no hay un punto de partida ni otro de llegada. Cada viaje se reemprende, es una prolongación del anterior y antesala de lo que está por llegar. Como diría el poeta alejandrino Cavafis:

"Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca, ruega que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de descubrimientos (...) Que sean muchas las mañanas de verano en que, con gran placer y alegría,entres en puertos desconocidos (...) Que siempre Ítaca esté en tu pensamiento. Llegar ahí es tu destino. Pero nunca apresures el viaje. Es preferible que dure años, que seas viejo cuando alcances la isla, rico con todo lo que habrás ganado en el camino, sin esperar que sea Ítaca la que te haga rico (...) Y si la encuentras pobre, no creas que Ítaca te ha engañado. Sabio como te has hecho, tan pleno de experiencia, habrás entendido lo que significan las Ítacas."
 

De pronto, una inesperada orquesta nos sorprende. El coro batracio está preparado en su charca para entonar uno de los grandes conciertos nocturnos. Uno de esos momentos que solo le pertenecen a la mágica noche de la Naturaleza. El tenor es una rana que parece llevar la voz cantante, y nunca mejor dicho. Por su canto elevado, se diría que se trata de un Romeo desesperado por encontrar a su amada Julieta. Se le suman sus congéneres y la sinfonía resuena en el espacio.

 

 

Es una delicia sentarse en la fresca hierba mojada por la niebla y disfrutar de este inesperado concierto de verano al aire libre sin tener que pagar más entrada que el de la plena dedicación de los sentidos a tan maravilloso espectáculo. Es curioso, pero qué difícil resulta a veces conciliar el sueño en las ruidosas ciudades. Aquí, sin embargo, el croar de los anfibios es como un murmullo que nos arrulla en la cuna mecida por Morfeo.

 

Y es que cada detalle de la Naturaleza, viviéndolo, por pequeño que sea, nos engrandece. No me cabe la menor duda; se es más grande cuanta más atención se le presta a lo pequeño.

 

Proseguimos de forma apacible, tranquila. El corazón aún late al ritmo de la comparsa marcada por las gargantas de las ranas. Es una noche preciosa. Una preciosa noche en Babia. El camino sigue...

 

 

 
 
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