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Las estalactitas de hielo | sensaciones


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Las estalactitas de hielo PDF Imprimir E-mail
Sensaciones
Por J. M. Hernández de la Luna   
Lunes, 14 de Julio de 2008 17:22

 

Se despertó y se dirigió al nacimiento del Río Mundo, en lo que se conoce como los Calares del Mundo. Un espectáculo de belleza natural en un marco incomparable. El nacimiento de un río es el nacimiento de la vida. Esa vida que nos ha tocado vivir. La roca es como una esponja que absorbe el agua de lluvia. Ésta brota posteriormente en una violenta cascada, génesis de ese camino hídrico de vida que llamamos río. Beber agua en ese origen vital es sentirse vivo. Allí se sintió vivo.

 Estalactitas goteando

 
 
 
 

Escuchó unas voces. Miró a su alrededor. No había nada. Las voces se repetían. Parecían venir de las alturas. Subió por un camino de tierra que indicaba: "Mirador". Siguió escuchando las voces. No había nadie. Se paró frente a unos carámbanos de hielo. Las voces se percibían ahora más fuertes. "¿De dónde saldrían? " - pensó. Los carámbanos de hielo caían graciosamente de la roca. Eran como estalactitas que en la transparencia de su ser guardaban una magia especial. Entonces comprendió. Eran aquellas formaciones de hielo las que le hablaban.

Pensó si también ahora estaba soñando. Esta vez no. Al principio no entendió nada. Poco a poco, el lenguaje que utilizaban aquellas estalactitas de hielo se fue haciendo comprensible. Eran gotas de agua que habían brotado de la montaña para convertirse en río, pero el frío de la tristeza las había transformado en hielo en una noche sombría. Tal era la desgracia que padecían.

Aquellas gotas de agua viva, alegres, ilusionadas en fusionarse todas juntas en el río, tan sólo unos metros más abajo, habían sido convertidas en hielo en una triste y fría noche, y ahora colgaban presas de la cruel roca que las había visto nacer. El viento soplaba y ellas temblaban de miedo. La razón era bien sencilla, si el viento arreciaba con demasiada fuerza podía hacer tambalearse la débil estructura de las estalactitas, con lo que se desprenderían cayendo al vacío y rompiéndose contra el suelo. Tan triste era el fin de algunas de estas estalactitas de hielo, cuyos restos se veían esparcidos en pequeños cristales de ilusión junto a la vera del río. Así de cruel es el destino.

Las estalactitas le decían que vivían en la esperanza de que un rayo de sol radiante las derritiera poco a poco y volvieran a recuperar su forma líquida. De este modo, deslizándose por la pared de la roca, llegarían a su tan ansiado río y volverían a ser felices. Pero ese rayo no llegaba, pues la pared de la roca tapaba la salida del sol y, al atardecer, los rayos tan sólo alcanzaban la parte inferior de la roca. Así, - le decían- pasaban los días, con la esperanza puesta en una ilusión que nunca llegaría.

 Carámbano o estalactita de hielo

No salía de su asombro. Pero una necesidad imperiosa de hacer 'algo' embargaba su cuerpo. Encendió una pequeña hoguera, pero el calor no fue suficiente. Intentó encontrar algo que les pudiera dar el calor necesario para derretirlas, pero nada encontró. Entonces, un recuerdo me vino a ese pozo de imágenes que es la memoria.

Creía tener la solución. Se acercó a las estalactitas cauteloso, en silencio, para que ningún movimiento en falso pudiera precipitarlas al vacío. Se acercó a ellas y susurró una palabra. Las estalactitas comenzaron a gotear. Poco a poco al principio. Conforme pasaba el tiempo, se deshelaban con mayor rapidez. Brincaban felices por la roca. Saltaban, colmadas de alegría. Aquel verbo de calor les había devuelto la esperanza perdida, que ahora se tornaba en sueño cumplido. Se deslizaban y danzaban por la roca, como ágiles bailarinas.

Al llegar a la poza que precede al río se unieron todas en un fuerte chorro de agua y realizaron un extraño salto hasta el río, adoptando una extraña forma, parecía una palabra, pero debido a lo voluble del líquido elemento de que estaban constituidas no acertó a averiguar qué es lo que decían. Completaron la cascada en bella espuma, y por fin se las veía retozar, felices en su amado río. Se ajustó el pañuelo a la garganta. Volvía a notar la sensación de frío en aquella helada sierra manchega, colmada de pinos y encinas que desafiaban con su porte las inclemencias de Eolo. Abajo le esperaban unos guardas que inspeccionaban el terreno:

 

- ¿Qué hace allá arriba?, ¿no sabe usted que los desprendimientos de hielo son muy peligrosos en esta época?

 

- Sí - contestó - Y muy hermosos. Muy hermosos...

 

 

j.hernandez@trestreboles.es 

 
 
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