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De hiel y miel en Pastrana | sensaciones


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De hiel y miel en Pastrana PDF Imprimir E-mail
Sensaciones
Por J. M. Hernández de la Luna   
Jueves, 18 de Diciembre de 2008 21:00
 

Pastrana es mucho pueblo para pateárselo en un día’, nos dice Camilo José Cela en su libro ‘Viaje a la Alcarria’. Y no pudo estar más acertado el Nobel gallego en su descripción de esta villa al sureste de la provincia de Guadalajara. Entrar en Pastrana es una sugerente invitación a pasear por sus calles, a admirar sus numerosos edificios que podríamos calificar como emblemáticos del lugar.

 

Caminamos sobre la alfombra de piedra de recuerdo medieval (porque todo en Pastrana es una evocación de lo medieval) que cubre el pavimento de cada calle, cada plazoleta, y que nos lleva hasta la Plaza de la Hora, la plaza principal que se abre ante el Palacio Ducal que, junto a la Colegiata, es la construcción más representativa de la villa.

 

El Palacio Ducal

 

Fue diseñado por el arquitecto Alonso de Covarrubias sobre unos terrenos adquiridos por Doña Ana de la Cerda, allá por el año 1541. El trazado renacentista del edificio, de gran belleza visual, destaca irónicamente en contraposición con la historia de dolor y desconsuelo que en su interior tuvo lugar, hace ya varios siglos. Y es que a veces un hermoso palacio puede convertirse en la más triste prisión. Así le ocurrió a Doña Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli, quien estuvo retenida en la torre de levante entre 1581 y 1592, por orden de Felipe II. Se dice que el encierro fue tan duro que a Doña Ana solo se le permitía salir al rejón de la torre durante una hora al día (de ahí que a la plaza que se encuentra a los pies del Palacio se la conozca como la Plaza de la Hora).

 

 Plaza de la Hora

 

Once años de amarga hiel que dejarían un sello de hondo pesar en el ánimo de la princesa, como ella misma confesaba en uno de sus escritos; ‘Escribid a mis hijos, que suplique a su majestad el doctor Valles, que sabe de estos aposentos y que ha estado en ellos, declare que no se podía vivir en ellos estando como estaban con rejas, cuanto más hora hechos cárcel de muerte, oscuros y tristes...’

Como decíamos, enfrente del Palacio Ducal, la Plaza de la Hora. Y, a partir de ahí, un entramado de calles y recovecos para ser pateados al antojo del viandante. Por allí, las Casas del Deán y de Moratín. En esta última, se cree que el célebre literato Leandro Fernández de Moratín escribió algunas de sus obras más importantes. Allá, la Colegiata, el otro gran monumento de Pastrana.

 

La Colegiata

 

Se levantó originariamente en el siglo XIV como Iglesia parroquial de la Villa de Calatrava y fue sufriendo distintas remodelaciones paulatinamente hasta convertirse en la magnífica obra que hoy podemos contemplar., albergándose en su interior el impresionante Museo Parroquial, así como una colección de tapices flamencos sobre la conquista de las plazas del Norte de África por Alfonso V de Portugal. La Colegiata engaña. Desde fuera no parece tan grande. Una vez dentro, la solemnidad de la estancia gana en espacio y el edificio se presenta como una extraña construcción imposible de adivinar desde el portalón de entrada. Es como si hubieran juntado las piezas de un regio puzzle arquitectónico. 

 

La Fuente de los Cuatro Caños

 

Un poco más arriba de la Colegiata, la Fuente de los Cuatro Caños, sencillo elemento construido por Francisco de Tuy en 1588. Otro de los innumerables ejemplos urbanísticos antiguos de Pastrana. Y no terminaríamos nunca de enumerar y describirlos a todos. El barrio de Albaicín, la Sinagoga, el Convento de San Francisco,... Lugares algunos de ellos, que serían recorridos por santa Teresa de Ávila en su paso por la villa. O por Leandro Fernández de Moratín, San Juan de la Cruz, Doña Ana de la Cerda,... Y por otros tantos personajes, más o menos ilustres, de relevancia en la Historia de España, o por simples viajeros que admirarían con la misma fascinación el entramado de esta localidad en el corazón de la Alcarria.

Una localidad endulzada por su producto estrella, la miel. Y es que es Pastrana capital de la miel ibérica. Durante los meses de invierno, generalmente en marzo, tiene lugar aquí la Feria Apícola de Pastrana, la más importante de España y una de las de mayor prestigio a nivel mundial. Aquí se rinde homenaje al producto elaborado por esas incansables obreras que denominamos abejas y todo aquello relacionado con el mundo de la colmena. Curiosos estos animalitos que los griegos llaman melisses (mieleras). Se dedican a recoger el polen de las flores, tesoros coloridos de la Naturaleza, para convertirlo en el más dulce de los néctares, algo que ni siquiera el hombre, con toda su avanzada tecnología, es capaz de realizar. Son estos diminutos insectos quienes nos proporcionan un alimento de larga tradición cuyos efectos sobre la salud humana han sido contrastados por médicos y nutricionistas desde tiempos inmemoriales. Ya en los textos antiguos, como la Biblia, se nos habla de la miel y sus productoras. Así, en hebreo el término abeja, dbure, proviene de la raíz dbr, esto es, palabra. En la mitología egipcia, las abejas nacieron de las lágrimas del dios del Sol Ra. En ciertos textos de la India, la abeja representa el espíritu inspirador del conocimiento, mientras que en la antigua Grecia, era un animal íntimamente ligado a dioses de la talla de Ártemis o Apolo, los hermanos mellizos asociados con la Luna y el Sol. Son constantes las citas y metáforas a lo largo de la Historia del hombre relativas al rico jarabe elaborado por estas rayadas cosechadoras de los campos. En el Corán, se nos habla de la miel como el primer beneficio que Dios otorgó a la Tierra. Es símbolo de conocimiento, de inspiración, de paz. Y aquí, en Pastrana, se la trata con el mimo y la dedicación que merece este néctar divino. Néctar que nos dará fuerza para patear durante más de un día, tal y como nos recomendaría Camilo José Cela, las calles y recovecos de la Villa Ducal de Pastrana.

 
 
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