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Cazorla, la catedral de la sierra andaluza | sensaciones


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Cazorla, la catedral de la sierra andaluza PDF Imprimir E-mail
Sensaciones
Por J. M. Hernández de la Luna   
Viernes, 30 de Julio de 2010 15:28

 

Según avanzamos hacia la margen oriental de la provincia de Jaén van surgiendo las estribaciones que preceden a las imponentes moles que componen las Sierras Cazorla, Segura y las Villas. Se levantan como titanes geológicos, conformando un oasis montuorio.

Vista general de las montañas del Parque Natural de Cazorla

Son cumbres que superan los dos mil metros de altura, como las de Cabañas (2.028 m), el Puntal del Buitre (2.007 m), el Cerro de las Empanadas (2.107 m) o el Alto de la Cabrilla (2039 m). Se abre ante nosotros un paisaje que pareciera propio de latitudes más septentrionales de la Península Ibérica, si no fuera por su flora y fauna propias.

Se trata del mayor espacio protegido de toda España y el segundo de Europa, el alma de la Cordillera Bética, cuya riqueza se prolonga a través de los bosques y montes que se van integrando en las sierras colindantes. Las masas forestales de pinos se internan en las vecinas Sierras de Albacete y de Sierra Morena y se extienden hacia el sur, estableciendo un perímetro de sempiternos vigías de hoja perenne frente a las puertas de Granada. Unas selvas que beben de las aguas bombeadas desde el corazón de las sierras a través de sus arterias fluviales.

En el interior de las sierras, dos de los ríos más importantes de España ven nacer sus primeras aguas. Se trata del Guadalquivir y del Segura, cuyas corrientes tomarán rumbos opuestos, hacia el este se encaminará el primero, el segundo, hacia el oeste.

La llegada de la primavera proporciona una fuerza adicional a los torrentes que se abren paso ensanchando sus cauces, despedazando terrones y volviendo a inundar aquellas zonas que el olvido hídrico del estío había desecado meses atrás. Son aguas saltarinas, vigorosas, llenas de alegría. Aguas joviales que brincan en un canto a la vida, antes de llegar a la madurez, allá donde la corriente se remansa río abajo. 

El río Guadalquivir en su juventud

Porque, de alguna manera, los ríos son también metáfora elocuente de la vida. Desde su bullicioso y fresco nacimiento, pasando por lo radiante de su adolescencia, hasta la plenitud de su cauce, o, lo que viene a ser lo mismo, el río en la máxima expresión de su esencia, cuyas aguas, más profundas, más calmas, rebosan sabiduría y conocimiento antes de desembocar en el mar, fundiéndose en un abrazo con él y conformando un todo, completando así el ciclo vital. ‘Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar...’ Escribió Jorge Manrique.

Y muchos metros por encima del nivel del mar otras aguas, en forma de nieves casi perpetuas, adornan con su manto blanco la cumbre de la montaña, vistiéndola de novia en su desposorio con el cielo, pues es en la cima donde ambas realidades, tierra y cielo, se encuentran. Es precisamente en las cimas montuorias donde se puede palpar la débil barrera existente entre lo real y lo irreal, entre lo terrenal y lo trascendental, dos mundos, el material y el intangible, encarnados por la montaña y el cielo, respectivamente. Según se asciende a la cumbre, la montaña, fiel esposa, nos va ofreciendo un paisaje onírico digno de su matrimonio con el cielo. Yermo el suelo, inhóspito. El aire, más puro. El oxígeno, ¡ay, el oxígeno! Tan necesario como fatídico. Veneno que enriquece a la que vez que oxida nuestros organismos, más precioso que nunca. El sonido del viento, la orquesta celestial.

Vista del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas entre la bruma

Las vistas, soberbias. Parece que la vida se haya volatilizado y el más allá haya trascendido hasta nosotros reinando en una atmósfera que invita a la comunión anímica del lugar con uno mismo. Uno mismo se hace grande en la grandiosidad de la montaña y ante la omnipresencia de los cielos. Porque es el espíritu el que se hace grande, y no el cuerpo.

El descenso de la cima devuelve a la realidad mundana su sentido. Una realidad hermosa que va plagando de pinares las faldas de las sierras conforme las temperaturas se vuelven más benévolas. Se trata de una de las mayores y más variadas masas forestales de este tipo de coníferas de toda la Península Ibérica. Los pinos negros, más resistentes al frío, son los primeros en aparecer. Les siguen los pinos resineros y los carrascos, acompañados de encinas y quejigos, de lentiscos, brezos, jaras y madroños, de álamos, fresnos y sauces, e incluso de especies raras en el sur de España, como el tejo o el acebo, formando un fabuloso manto vegetal que cubre gran parte del tesoro que son estas tierras andaluzas. Y es que las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas son un jardín botánico en sí mismo, albergando en su interior un mosaico floral único que esconde maravillas como la violeta de Cazorla, una flor endémica propia de las regiones calizas.

Pinar en Cazorla

A los pies de los montes, extensiones de olivos proporcionan a la región una riqueza añadida, el oro líquido, uno de los aceites de oliva de mejor calidad de toda Andalucía.

Una amplia diversidad de fauna puebla el interior de los bosques y sierras. Grandes ungulados como el jabalí, el ciervo o la cabra montés, o especies introducidas por el hombre, como el gamo o el muflón, campan a sus anchas por entre los diversos paisajes que conforman las serranías. Un lugar que también sirve de cobijo para mamíferos de menor tamaño, entre los que destacan los roedores y los pequeños depredadores, como la gineta, el zorro o la garduña. Pasados los rigores del invierno, aparecen los primeros reptiles y anfibios sobre los suelos y aguas de Cazorla, donde también podemos encontrar una de las más variadas y ricas muestras entomológicas de la Península Ibérica. Y, desde el aire, aves esplendorosas como el águila real otean el horizonte en busca de alguna presa. Los buitres leonados tejen una red de vigías en el cielo con el propósito de identificar las carroñas. Y, también desde los cielos, la sombra de una de las aves más raras y magníficas del mundo planea sobre la testa de Cazorla. Se trata del quebrantahuesos, reintroducido en la zona a partir de ejemplares pirenaicos, cuya mefistofélica apariencia vuelve a sobrevolar esta región andaluza como lo hiciera en el pasado. El aviador enmascarado es uno de los estandartes faunísticos de estas sierras, de este edén en el sur de España, cuyas mágicos atardeceres parecen penetrar en nuestra sangre a través de los crepusculares rayos del Sol, haciéndonos comprender, a través de su fuerza, lo maravilloso de la Creación.

Parque cinegético en Cazorla

 

 
 
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