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El lobo ibérico (Canis lupus signatus) | cuadernodecampo
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El lobo ibérico (Canis lupus signatus) PDF Imprimir E-mail
Cuaderno de Campo
Por Carlos de Prada   
Jueves, 07 de Agosto de 2008 15:06
 

Los ciervos creen ver sus orejas asomar entre los brezos. Los pequeños rayones se asustan en las noches al escuchar sus cantos…. Nada en la sierra permanece indiferente ante su presencia, muchas veces sólo intuída. Ni siquiera el hombre puede evitar cierta descarga de adrenalina cuando se interna de noche en el bosque donde mora el lobo ibérico. He sentido esa sensación, por ejemplo, en la Sierra de la Culebra.

Dibujo de un lobo por Carlos de Prada en su cuaderno de campo

 
 
Un cánido de 30-40 kgs (a veces 65), de pelaje pardo grisáceo y terribles colmillos, que tiene una enorme resistencia, siendo capaz de correr sin parar durante 200 kms (más de 100 kms en un día).
Pesa sobre él toda una leyenda negra, atribuyéndole cosas que forman parte más de la Historia humana que de la del lobo. Realmente, y sin querer idealizarlo, en muchos aspectos el lobo puede ser tomado como un modelo de conducta por parte del Homo ¿sapiens?.

En primer lugar, puede ser tomado como modelo de conducta ecológica, ya que los lobos sólo suelen cazar individuos débiles y enfermos, con lo que contribuyen a la salud de las poblaciones de sus presas (episodios recientes como el de la casi extinción de las cabras montesas de Cazorla, hace unos años, por un brote de sarna quizá no habrían sucedido de haber existido una población de lobos en la zona).

También es el lobo modelo de caballerosidad. En las luchas para dirimir el puesto en el escalafón social, el vencedor perdona siempre tras el combate al derrotado , sabedor acaso de un instintivo código caballeresco por el que no es mejor sólo el más fuerte, sino también el más clemente.

Y modelo también de conducta sexual, ya que el lobo es monógamo, se empareja para toda la vida y es extraordinariamente fiel, siendo capaz de mostrar una gran ternura con su amada. En época de celo pasarán semanas sin hacer otra cosa que cazar juntos, jugar, hacerse regalos, etc…, antes de consumar la relación.

Pero el lobo es visto como un enemigo por los ganaderos, que le declararon la guerra desde inicios del Neolítico. El hombre transformó el entorno, eliminando a las presas naturales del lobo para poner en su lugar sus animales domésticos (caballos, vacas, ovejas, cabras…) y al lobo no le quedó otro remedio que atacar al ganado.
Hoy esa guerra ancestral entre el Canis lupus signatus, el lobo ibérico, y el Homo sapiens, el hombre, sigue viva, cobrándose anualmente la vida de cientos de lobos que caen abatidos por disparos, son cogidos de cachorros en las loberas, caen en trampas o son eliminados de cualquier otra forma.
Hacia los años 40, cuando había lobos en la mayor parte de las regiones españolas, mi abuelo, Joaquín de Prada (médico, cazador y naturalista castellano) –que cazó algún lobo- decía que había de reducirse la población de lobos, pero no hasta su exterminio sino hasta un punto en el que pudiera compatibilizarse su existencia con los intereses ganaderos.
Hoy, cuando ya sólo quedan unos 1500-2000 ejemplares (según las épocas del año) hace mucho que estamos en tal disposición , ésa a la que aludía mi ancestro, de armonizar la conservación de la especie con los legítimos intereses humanos.
 
Grupo de tres lobos ibéricos
 
Los daños que los lobos causan anualmente a la cabaña ganadera en toda España son tan sólo de unos pocos cientos de miles de euros. Cantidades irrisorias en los volúmenes de dinero que hoy se manejan en el país. Sin embargo no se consigue a veces –inexplicablemente- agilizar el pago de indemnizaciones a los ganaderos (obviando, claro está, los casos de posible picaresca).
Hay que buscar fórmulas para garantizar la existencia futura de esta especie en nuestros montes y campos. Hoy hay lobos en amplias zonas de Castilla y León (especialmente Zamora), habiéndose extendido cierta población en los últimos tiempos hacia el sur del río Duero, hay bastantes en Galicia, existiendo también en Asturias y en mucha menor medida en otras zonas como Cantabria.

El lobo es ,en cierta simbólica manera, un modelo para todos aquellos que se mantienen fieles a sí mismos, no importa cuanto les vaya en contra. Ha sabido sobrevivir a la más terrible persecución como un mítico y noble bandolero, señor de nuestras sierras. Y, aún hoy, el alma del lobo, en las noches, se transforma en sonido, en aullido, en algunos de los más remotos puntos de nuestra geografía, sobrecogiendo el corazón de quienes los escuchan.

Su aullido es la voz del espíritu de la libertad indomable que campa por nuestras sierras. El espíritu salvaje que amamantó a la vieja Roma e infundió firmeza en los héroes nórdicos. El espíritu emparentado con el alma humana en esas leyendas de niños criados por lobos y de hombres que se transforman en ellos, que abundan en las más diversas culturas. El espíritu del animal más importante en las antiguas tradiciones y narraciones europeas, como prueba su presencia casi obsesiva en los cuentos infantiles.
El lobo, en los pocos lugares donde sobrevive, impone la presencia eterna del mito, resonando desde las sombras de un pasado milenario, en unos tiempos en los que el hombre, con la prepotencia de su ciencia y su tecnología, cree haber destruido toda frontera, toda magia.
 

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