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Un paraíso submarino bajo el Jardín de las Hespérides PDF Imprimir E-mail
Conocemos...
Por J. M. Hernández de la Luna   
Viernes, 10 de Junio de 2011 18:50

 

Cuenta el mito griego que allende los mares, en Occidente, más allá de la Hélade y de Italia, más allá incluso de las Columnas de Hércules, esto es, el Estrecho de Gibraltar, se encontraba el Jardín de las Hespérides. Franqueados los límites de las tierras habitadas por los hiperbóreos, los pigmeos o las gorgonas, se hallaba un lugar, concepción de lo fascinante y trascendental, descanso del astro rey Sol.  

 Espirógrafo

Y en ese Occidente, un archipiélago rico y fértil conocido como las Islas Bienaventuradas. Un lejano rincón donde habitaban las Hespérides, las Ninfas del Atardecer o de la Noche, encarnaciones divinas de los dones que ofrecía el Jardín del que cuidaban, unas manzanas mágicas que brotaban de un árbol plantado en el Huerto de Hera, regalo de Gea a la diosa en su desposorio con Zeus. Unas frutas prodigiosas que proporcionaban la inmortalidad, pues tal era su poder.

Precisamente, uno de los doce trabajos que tuvo que realizar Heracles para ver reconocida su condición sobrehumana fue el de robar dichos frutos del mítico jardín.

Parece ser que Hesíodo, en su obra Los Trabajos y los Días, sugería que el Jardín de las Hespérides pudiera encontrarse en lo que hoy son las Islas Canarias. Y es que bien podría este vergel ser el lugar idílico al que iban a residir héroes y semidioses según el poeta griego. El paraíso en el que, según Píndaro, se retiraban quienes habían sido capaces de mantener durante tres veces su alma apartada de todo mal.

Un paisaje ideal doblemente reflejado, no solamente sobre la superficie del mar, sino también bajo ella. Pues, ¿dónde está escrito que la dicha se encuentre tan solo sobre la apariencia terrestre, tan obvio, y no bajo ella? ¿Dónde lo divino se hizo tierra y no agua?

Ambiente del sardinero bajo el agua

El aparente mutismo del mundo submarino nos traslada a una realidad, prolongación de la vida que acontece allá arriba, y la complementa. Todo es quietud, la acción se reza en silencio, propia de una obra muda. La inmersión en el reino de Poseidón nos transmite sensación de inmortalidad, como aquella que concedieran las manzanas del legendario jardín, paralizando cada segundo vivido en una eternidad. Pues, no es acaso la eternidad el sosiego del presente, la calma, la conciencia del instante detenido y en continuo devenir. Porque, lo efímero en apariencia, puede ser sempiterno. Basta con saber apreciarlo. Así, escribiría el poeta portugués Pessoa, ‘As rosas amo dos jardines de Adónis (...) Que em o dia em que nascem, em esse dia morrem’ (‘Las rosas amo de los jardines de Adonis (...) Que en el día que nacen, ese día mueren’). Y así, bien pudieran las divinas manzanas encontrar iguales subacuáticos en los corales que adornan los fondos y arenales, un traje de incalculable valor biológico con el que se viste la roca para encubrir sus encantos.

 Sardina del Norte, cueva de las Palomas

Coral negro y erizos

acuario

Un fondo divino, homólogo del edén que florece en la superficie, custodiado por el mero, ese pez con tez de ogro, que hace las veces de Ladón, el dragón a quien Hera encargó la protección de su Jardín.

 

mero en las profundidades

 

Otros moradores hacen acto de presencia en el paraíso submarino canario. La vieja y la lady, ninfas escondidas bajo la escama y el caparazón.

 Pequeña vieja con dos pececitos


Lady

 

Y, acechando en la arena, mimetizado con el entorno, la sepia espera el paso de su presa, acechándola desde su posición de privilegio. Maestra del camuflaje, como sus vecinos. El caballito de mar o hipocampo, un simpático pegaso que vuela con elegancia por entre las aguas. La langosta, ese crustáceo que bien pudiera parecerse al monstruo acorazado al que Perseo convirtiera en piedra usando la cabeza de la gorgona Medusa para salvar a la bella Andrómeda. ¿Y Andrómeda? Quizás la doncella que asoma su hermoso rostro tímidamente por entre las rocas.

 Pulpo camuflado en la arena

Langosta canaria

 Caballito de mar amarillo

 Doncella

La cúpula celeste reflectada en las profundidades; las estrellas, cromáticos equinodermos que aquí se mueven con una parsimonia alejada del ritmo vertiginoso de los astros, pero a mayor velocidad para el ojo humano, menos avezado.

 Detalle macro carita

Y un sinfín de peces, moluscos, erizos, algas... La riqueza del mundo submarino canario es fabulosa, única, comparable tan solo a la diversidad de tesoros que van conformando el crisol orgánico que brilla con luz propia hasta ir desapareciendo, poco a poco, en el insondable azul.

Anémonas

 

 Jurel verde

 Angelote

 Anémona en el Veríl de los bocinegros

 

 

 
 
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