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Umbría y solana en el bosque | conocemos


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Umbría y solana en el bosque PDF Imprimir E-mail
Conocemos...
Por J. M. Hernández de la Luna   
Domingo, 20 de Septiembre de 2009 17:59

 

Los Montes de Toledo son el enclave geográfico en el que se ubica Cabañeros. Estas elevaciones montuorias albergan uno de los ejemplos de bosque mediterráneo mejor conservados de la Península Ibérica.

Bosque mediterráneo en Cabañeros

Abundan los alcornoques, robles, quejigos y encinas, así como plantas de menor tamaño, brezos, enebros y jaras, si bien no es extraño encontrar especies de gran interés botánico como el madroño, la cornicabra, la madreselva, el lentisco o el labiérnago, entre otros. En las zonas cálidas y húmedas, encinas y alcornoques se entremezclan conformando bosques mixtos en los que podemos observar ejemplares de considerable tamaño y cuyas copas son susceptibles de albergar nidos de rapaces de gran importancia, tales como el buitre negro (Aegypius monachus) o el águila imperial ibérica (Aquila adalberti) . Y ligada a esta formación boscosa se encuentra una actividad que le ha reportado al hombre grandes beneficios a lo largo de los años. Se trata del aprovechamiento del corcho de los alcornoques. Los corcheros, que así se llaman los hombres especializados en esta tarea, llevan a cabo esta práctica tradicional en un ejemplo de actividad sostenible, ya que la corteza de los alcornoques es renovable y el material extraído, una vez tratado, se convierte en un valioso aislante natural.

Ocupando los valles más húmedos, en las denominadas zonas de umbría, las encinas y los quejigos se van asociando paulatinamente con el roble melojo, conformando un ecosistema de luces y sombras en cuya penumbra descansan los helechos y la peonia (Paeonia broteori). También se ven robledales en cotas de mayor altitud, en las solanas, acompañando a otros árboles como el mostajo, el arce de Montpellier o las omnipresentes encinas, santo y seña del bosque mediterráneo ibérico. Incluso, en determinados lugares de los Montes de Toledo, ajenos al paso del tiempo, se encuentran joyas de la vegetación atlántica, tales como el loro, el tejo, el acebo, el durillo y el piruétano o peral silvestre.
Ejemplar de peonia

En las laderas de las sierras se encuentra la formación vegetal por excelencia dentro del monte bajo mediterráneo. Jaras y brezos, las especies predominantes, se extienden desde el sotobosque cubriendo grandes extensiones de tierra, proporcionando un buen refugio para animales de menor tamaño y  ofreciendo otra de las imágenes del caleidoscopio arbóreo de Cabañeros. Entre los matorrales, los olores del tomillo y del romero, de las jaras, los cantuesos y otras especies aromáticas le otorgan al monte su característico perfume mediterráneo.
Una rama de roble con sus bellotas
Las estaciones se suceden y, con ellas, los colores de los bosques de los Montes de Toledo. Al perenne verde de las encinas, los árboles caducifolios contraponen una gama de amarillos, pardos, rojos y verdes, según el sol, el viento, las temperaturas y las lluvias van acariciando sus perfiles cambiantes. Cada momento tiene su encanto. El calor del verano resulta menos sofocante al amparo de la sombra de los árboles. La savia parece palpitar con fuerza en el interior de los troncos y acaso rebrota en un alarde alegórico a través de las hojas amarillas en los primeros días del otoño. Visos de una vejez que nunca es, pues siempre amaga con quedarse y, sin embargo, vuelve a la niñez, mejor dicho a la plenitud de la vida, tan solo unos meses más tarde, con la primavera. Y, en el camino, el invierno. El esqueleto ramificado en el que se convierte parte del bosque es un guiño más de la Naturaleza, una especie de luto con encanto en cuyo interior late la promesa de la vida que está por venir. Porque en la Naturaleza todo es cíclico y, antes de la explosión de la vida, los días de nieves parecen querernos decir, con su melancolía y sobriedad, que hay también un tiempo para la reflexión. Reflexión a la que invita el invierno, con sus noches más largas y sus días fríos, momento idóneo para el recogimiento, antes de que la luz de la primavera vuelva a llenar los campos de júbilo.
Y acaso pareciera que también así lo percibieran los animales. Los bramidos otoñales de los ciervos se disipan conforme llegan los primeros fríos. Se refugian en lo más recóndito del bosque, como ermitaños que buscaran la soledad, lejos de la conducta altiva e indiscreta que mantuvieron tan solo unas semanas antes. También los jabalíes desaparecen furtivamente en el bosque, donde afilan prudentemente sus navajas preparándose para el celo invernal, una conducta que parecen llevar de forma clandestina, pues en muy raras excepciones se consigue observar a estos formidables animales batiéndose en duelo para ganarse el favor de las hembras. Muchos son los animales que se vuelven esquivos con la llegada del frío a los bosques españoles. Y muchos los encantos que reúnen estos bosques durante el periodo invernal. Porque, aunque pueda parecer paradójico, el frío, la dureza de las lluvias o de los vientos, los tintes grisáceos y parduscos de plantas y rocas, la en ocasiones triste apariencia de las formas, contribuyen también a moldear la belleza del paisaje, pues también en la Naturaleza sobria y adusta hay hermosura, además de tener un efecto purificador sobre el espíritu del lugar y, también, a quien lo contempla. Se llega a tener la sensación de que uno mismo se funde con el entorno, porque, al final, entorno e individuo están ligados de forma íntima.

Fotografías: Nosoyundominguero.es / A.Barra

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