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La raña: el Serengeti español PDF Imprimir E-mail
Conocemos...
Por J. M. Hernández de la Luna   
Domingo, 20 de Septiembre de 2009 17:49

 

La Raña es, sin duda, la vista característica del Parque Nacional de Cabañeros, la primera imagen que se viene a la mente al hablar de este singular enclave situado en los Montes de Toledo, entre las provincias de Toledo y Ciudad Real.

 Vista general de la raña de Cabañeros

Se trata de una extensión herbácea de pastizales salpicada de árboles dispersos que recuerda de algún modo a la sabana africana. De ahí que un científico alemán le diera el sobrenombre de ‘Serengeti Español’ al contemplar por primera vez el lugar. Derivadas de la acción del hombre a lo largo de los años, las rañas trazan un peculiar paisaje que antaño fue usado para la plantación de cereales de secano y con ricos pastos estacionales. Esta formación paisajística disfruta de un suave microclima gracias al abrigo que le proporcionan las sierras circundantes, como la del Chorito o la del Macizo del Rocigalgo, entre otras. La parte central de la raña alberga una extensión de unas 8.000 hectáreas aproximadamente. La riqueza botánica del lugar se encuentra íntimamente asociada a importantes especies faunísticas que encuentran aquí las condiciones idóneas para la vida. Tales son los casos del buitre leonado (Gyps fulvus), el buitre negro (Aegypius monachus), el jabalí (Sus scrofa), el águila imperial (Aquila adalberti), la liebre (Lepus granatensis), o el ciervo (Cervus elaphus), el auténtico rey de la raña. Es a partir de finales de verano cuando estos hermosos animales descienden de los montes adyacentes para concentrarse en grandes grupos a lo largo y ancho de las rañas.
Detalle de la cabeza de un ejemplar de buitre negro
Entre los meses de septiembre y octubre, tras la caída de las primeras lluvias, tiene lugar uno de los espectáculos más sobrecogedores de la Naturaleza; la berrea del ciervo, un clamor animal que anuncia la llegada del otoño. Con la caída del sol, los machos, armados con sus poderosas cornamentas, elevan a los cuatro vientos sus poderosos bramidos para atraer al mayor número de hembras en celo posible. Durante la noche, podemos escuchar el entrechocar de las punzantes osamentas de estos paladines forestales, auténticos campeones que buscan salir victoriosos de los duelos y reclamar para sí el favor de las hembras. Estos embates rara vez acaban de forma sangrienta, si bien en ocasiones se pueden observar las marcas de las heridas en el cuerpo de los combatientes e incluso con alguna de las astas dañadas.
Hembra de ciervo en el Parque Nacional de Cabañeros
Pero las tinieblas también atraen a otros animales habitantes de la raña. Pequeños mamíferos como la garduña (Martes foina), la gineta (Genetta genetta), el zorro (Vulpes vulpes) o el esquivo meloncillo (Herpestes ichneumon), deambulan por el suelo como si de bandoleros se tratara. Rastrean la tierra en busca de pequeñas presas de forma sigilosa, pasando inadvertidos para la mayoría de los seres del lugar.

Al amanecer, la raña retoma sus colores amarillos, verdes y pardos y le da la bienvenida a las especies diurnas. Los primeros en llegar, los córvidos; urracas, rabilargos, cuervos, pajes de sus primos mayores, quienes descenderán de los cielos, como mensajeros divinos, hasta posarse en las copas de los alcornoques y encinas que se esparcen por el terreno. Son los señores del aire, buitres y águilas, quienes domeñan los horizontes hasta donde el ojo humano puede vislumbrar. En los muladares encontraremos agrupados a decenas de estas rapaces alimentándose de las carroñas de los animales muertos, cumpliendo con un papel básico dentro del ciclo vital. Gritan, aletean, saltan frenéticos, disputándose los restos de carne yacentes en el suelo.
Buitres en un muladar de Cabañeros
Pero no todo son grandes aves en la sabana manchega. También podemos encontrar rapaces de menor tamaño como el águila calzada (Hieraaetus pennatus), el águila culebrera (Circaetus gallicus), el milano negro (Milvus milvus), el cernícalo común (Falco tinnunculus) o el elanio azul (Elanus Caeruleus), o pequeños pájaros, como la collalba rubia (Oenanthe hispanica), el zorzal (Turdus philomelus) o el triguero (Miliaria calandra), así como especies de mayor tamaño, como el alcaraván (Burbinus oedicnemus) el sisón (Tertrax tetrax), o la majestuosa avutarda (Otis tarda), e incluso la rara y magnífica cigüeña negra (Ciconia nigra), que sobrevuela los alcornoques y encinas entre los que rondan las abubillas, carracas, abejarucos, y oropéndolas, quienes ponen una nota de color con sus variopintos plumajes, en contraste con los tonos uniformes del paisaje. Cuando la luz del crepúsculo tiñe de naranja la raña, las rapaces nocturnas despiertan haciendo suyas las estrelladas noches de Cabañeros. Mochuelos, lechuzas y señores de las tinieblas comienzan sus jornadas de caza disputándole a sus competidores terrestres las presas.

Las formas se perciben. Los sonidos son apenas audibles. Todo parece un remanso de quietud. Una vez más, la magia de la oscuridad del Serengeti Español nos deja embelesados, sobrecogidos por la emoción antes de la llegada del nuevo día.

Fotografía: Nosoyundominguero.es / Julius Rückert

j.hernandez@trestreboles.es

 

 

 

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