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Itálica: la Huerta de Hércules | conocemos


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Itálica: la Huerta de Hércules PDF Imprimir E-mail
Conocemos...
Por J. M. Hernández de la Luna   
Jueves, 28 de Mayo de 2009 19:05

 

Itálica, primera colonia romana de importancia en España, fue fundada por Escipión en el año 206 a.C. como un baluarte en el que los legionarios romanos defenderían la posición en el Valle del Guadalquivir durante la ocupación de la Bética por parte de Roma. Años más tarde, la ciudad prosperaría económica y socialmente hasta darle a los romanos dos emperadores de origen hispano, Trajano y Adriano.

Gradas del Anfiteatro de Itálica

A escasa distancia al norte de Sevilla, no llega a diez minutos en coche por la carretera de Mérida, se encuentra uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de la Península Ibérica: Itálica. Las ruinas de lo que fue la primera colonia romana de Hispania yacen hoy en un irónico contraste con las piedras más modernas de la colindante localidad de Santiponce. Irónico, sí, pues la actual Santiponce es la reconstrucción de un primigenio pueblo que quedaría sepultado a causa de las riadas que constantemente amenazaban a aquella villa levantada a orillas del río Guadalquivir. La nueva Santiponce se edificó en las tierras más altas, cedidas por los monjes del Monasterio de San Isidoro del Campo, precisamente, sobre parte de las ruinas romanas de una Itálica cuyos constructores supieron ser más previsores que los vecinos asentados en la Isla del Hierro (emplazamiento actual del Estadio Olímpico de La Cartuja) siglos más tarde. Hoy, ambos lugares, la sólida obra romana y la nómada ribereña, comparten lecho en lo alto de una pequeña elevación del terreno a escasa altura sobre el nivel del mar. 

Ruinas de Itálica

Paseamos por entre las piedras de lo que otrora fuera un próspero asentamiento romano y uno se imagina el bullicio que recorría las calles de una ciudad que más podría parecer un hospital de guerra en sus orígenes que el floreciente centro del siglo II que vio nacer a los emperadores Trajano y Adriano.
Tras la batalla de Ilipa, que enfrentó en el año 207 a.C. a cartagineses y romanos en las inmediaciones de lo que hoy es Alcalá del Río, a menos de catorce kilómetros al noreste de Santiponce, el general romano Escipión mandó levantar la que sería la primera colonia romana en suelo hispano a finales de verano de año 206 a.C. La ubicación, en pleno Valle del Guadalquivir, ofrecía a los romanos grandes posibilidades comerciales debido a la riqueza de la región en vino, cereales, aceite y minerales. No en vano, la leyenda dice que esta zona, a caballo entre las marismas de Doñana y las estribaciones occidentales de Sierra Morena, fue el terreno donde se encontraba la mítica Huerta de Hércules, Heracles para los griegos, Melkart para los cartagineses. De hecho, el historiador romano Estrabón estaba convencido de que fue en estos terrenos donde el héroe plantó sus olivos. Y no anda la cita mitológica lejos de la realidad, pues aquella huerta fabulosa, que hoy es la comarca de Aljarefe, era un importante centro de producción de vinos y aceites que llegó a abastecer a Roma. Aún hoy se mantiene una importancia tradición agrícola en la región.
Escipión estableció en un primer momento Itálica, que así se llamaría la ciudad en honor al origen de sus primeros habitantes, como una posición estratégica de marcada índole fronteriza y defensiva en la margen derecha del río Betis, hoy Guadalquivir, en su confluencia con el río Cala. Este carácter militar fue mantenido a lo largo de casi toda su existencia, como testimonian documentos de la Séptima Legión Gémina y de la Cohorte III Gallorum, entre otros.
El emperador Adriano
Durante el gobierno de Augusto, la ciudad se convirtió en municipio, con que lo pudo pasar a acuñar moneda propia. Itálica fue adquiriendo cada vez más importancia dentro del terreno de la provincia de la Bética, gracias en parte a la llegada de colonos de clase aristocrática. Precisamente, dos familias de inmigrantes del citado status darán a Roma a los emperadores Trajano (97-117 d.C) y Adriano (117-137 d.C), dos hijos de Itálica que accederían de forma consecutiva al trono imperial, lo que acarreó un mayor poder de las familias italicenses dentro de la vida pública y política de Roma durante el siglo II d.C. Itálica vivió este momento de auge hasta entrar en un declive paulatino que le lleva a la decadencia con la llegada de los visigodos a la zona allá por el siglo IV d.C., momento en el que todo vestigio de la grandeza de Roma desaparece.   
Hoy día, los aromas de esa gran colonia romana en suelo hispano se siguen percibiendo, emanados de unas rocas que testifican sobre el esplendor de Itálica. Unas rocas que, en el caso del anfiteatro que aún se conserva, albergaban a cerca de veinticinco mil espectadores en las gradas de uno de los mayores edificios de esta índole del Imperio Romano.
Pero, empecemos como se debe empezar, ya que no se acude al lugar de ocio, esto es, al anfiteatro, hasta haber cumplido con los deberes diarios. De la misma forma, la visita a esta construcción de carácter lúdica figura al final del itinerario fijado en el yacimiento. Así pues, empecemos por visitar el teatro. Este semicírculo pétreo levantado en época de Augusto (años 30 y 37 d.C. con posteriores remodelaciones hasta el año 80 d.C.) se convirtió en un camaleón del sentido arquitectónico, mudando su piel de edificio de espectáculos dramáticos a templo dedicado a la diosa Isis, foro público, cementerio medieval, recinto ganadero e industrial hasta quedar oculto bajo las casas erigidas en la construcción de la nueva Santiponce en el siglo XVII. No sería hasta bien entrados los pasados años setenta cuando se realizaron las definitivas obras que sacarían a la luz el teatro durmiente.   
El siguiente paso de nuestra ruta nos conduce hasta la ciudad, donde hay que distinguir entre la vetus urbs (ciudad vieja), fundada por Escipión, y la nova urbs (ciudad nueva), obra del emperador Adriano, si bien esta última sólo se mantendría activa entre los siglos II y III d.C. En la actualidad, la ciudad vieja descansa bajo el casco antiguo de Santiponce, con lo que es la ciudad nueva la que forma parte del trazado del conjunto arqueológico que se ofrece al visitante. Las calles, de inspiración adriana, se caracterizan por su gran anchura, dispuestas según el clásico dibujo ortogonal romano que dividía las casas en manzanas, asistidas por una red de cloacas y abastecidas de agua corriente a través de un acueducto conectado a las cisternas y fuentes públicas mediante tuberías de plomo. Quizás resulte difícil reconstruir mentalmente estas ruinas tal y como fueron originariamente, pero sí podemos hacernos una idea de que la organización de aquella ciudad de hace más de dos mil años no dista mucho de la de las actuales, en las que vivimos con todo tipo de comodidades.

Alcantarillado en Itálica

Traspasando la puerta de las murallas, flanqueada por dos torres rectangulares, encontramos la casa de la Exedra, que alberga en su interior algunas termas y una palestra alargada. A continuación, la Casa de Neptuno, también con algunas termas en su interior y unos mosaicos de gran belleza; la Casa del patio Rodio, la Casa de Hilas; la Casa de los Pájaros, con muros levantados en torno a un jardín rodeado de arcos; un templo dedicado a Trajano (padre adoptivo de Adriano, fundador de esta ciudad nova urbs); la casa del Planetario, las Termas Mayores y, finalmente, el Anfiteatro mencionado anteriormente, con una grada construida en tres niveles, si bien solo se conservan parcialmente los dos inferiores. En el centro de la escena se encuentra una fosa que antiguamente se cubría, pues era una sala de paso y descanso para los protagonistas de los juegos, esto es, gladiadores y fieras. Un escalofrío recorre la espalda del visitante al asomarse al borde de la fosa e imaginarse el destino nada halagüeño que esperaba a los que entonces deambulaban entre las paredes de esa estancia.

El Anfiteatro de Itálica


Terminamos nuestro recorrido por Itálica, por ese testimonio silencioso de que una vez los romanos establecieron aquí un próspero centro comercial y social, que incluso llegó a influir notablemente en la vida política de la capital del Imperio, y que aún ahora nos sigue cautivando con cada una de sus piedras, donde respiramos una sensación de respeto y admiración por quienes hicieron, de esta forma y entonces, como en tantos otros lugares del suelo ibérico.

Fotografías: Kordas / Fernando Delgado Béjar / Phillip Capper

j.hernandez@trestreboles.es

 

 

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