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Estena, el río vivo | conocemos


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Estena, el río vivo PDF Imprimir E-mail
Conocemos...
Por J. M. Hernández de la Luna   
Domingo, 20 de Septiembre de 2009 18:02

 

Los Montes de Toledo están surcados por un río cuyas aguas se encuentran entre las más puras de cuantas dan de beber al suelo hispánico. Se trata del Estena, curso fluvial de algo más de setenta kilómetros de longitud que nace en el Macizo del Rocigalgo y desemboca en el Guadiana, a la altura del embalse de Cíjara, drenando una cuenca de más de quinientos kilómetros cuadrados.

El río Estena

En el tramo que atraviesa Cabañeros, a la altura del denominado Boquerón del Estena, podemos encontrar una biodiversidad única, alimentada por el devenir de este pequeño pero valioso río. Fiel testimonio de ello nos lo dan las náyades, moluscos bivalvos que filtran el agua y que de encontrarse ésta contaminada no podrían vivir. Estas almejas fluviales toman su nombre de las ninfas que vivían en los cuerpos de agua dulce según la mitología griega. Así, según fuera la naturaleza de la masa de agua que habitaban, se dividían en Creneas (fuentes), Heleades (pantanos), Limnades (lagos), Pegeas (manantiales) y Potámides (ríos). Según algunas fuentes, las náyades estaban estrechamente vinculadas a su medio, de tal modo que si éste se secaba ellas morían. De igual forma, las almejas que viven en los ríos perecen si estos se secan o se encuentran contaminados. Son, sin duda, uno de los más eficaces controladores naturales con los que contamos para evaluar la calidad de nuestras aguas.
Cuadro Las Náyades, de Gioacchino Pagliei

El Estena es también hogar de otros animales de interés, como el galápago europeo (Emys orbicularis) y el galápago leproso (Mauremys leprosa), así como gran variedad de anfibios, entre salamandras, sapos y ranas. De gran importancia son las especies endémicas de peces, como el barbo cabecicorto (Barbos microcephalus), el cachuelo (Leuciscus pyrenaicus), la boga (Chondorstoma polylepis), y, especialmente, el jarabugo (Anaecypris hispanica), endemismo que se encuentra únicamente  a lo largo del curso del Estena. También podemos observar especies introducidas, como el lucio (Exocs lucio) o el pez sol (Lepomis gibbosus), o crustáceos, como el cangrejo americano, que paulatinamente va desplazando a sus primos autóctonos, menores en tamaño.

Ilustración de jarabugo y distribución europea

Las inmediaciones del río son también escenario de otros protagonistas, como el lagarto ocelado (Lacerta lepida), y el lagarto verdinegro (Lacerta schreiberi), la víbora hocicuda (Vipera latastei), serpientes, como la culebra de herradura (Coluber hippocrepis), la culebra de escalera (Elaphe scalaris), la culebra bastarda (Malpolon monspesullamuss) o la culebra viperina (Natrix maura), reptiles éstos presentes en su mayor parte en todo el territorio que ocupa Cabañeros.

Especimen de galápago leproso en el Estena



En la ribera del río, sobre la rama de un arbolillo, un vigilante escudriña las aguas en busca de su presa. Se trata del martín pescador (Alcedo attis), que con su brillante librea roja, azul y blanca espera el momento oportuno para atacar. Perpendicular al suelo, la flecha turquesa lanza su picado atravesando el espejo de las aguas y, como un hábil arponeador, atraviesa con su largo y afilado pico a su presa que se suponía segura en la informidad de su medio acuoso. Posteriormente, la engullirá a favor de escama, o la llevará a su nido, en el interior de una cavidad cercana al río, para alimentar a sus polluelos.
Otras aves acechan también en las lindes del Estena, con técnicas quizás menos refinadas que las del martín pescador, pero igualmente efectivas a la hora de dar captura a aquellos animales susceptibles de formar parte del menú.

Dos ejemplares de martín pescador

En el interior de las aguas, una formidable nadadora traza acrobacias de fábula al compás del ritmo hídrico. Parece que estuviera danzando con el río, acompañando la corriente con sus elegantes movimientos. Se trata de la nutria (Lutra lutra), cuyas evoluciones acompañan al Estena en la mayor parte de su curso, lo que supone otro buen indicativo de la salud de sus aguas. Entra, sale, se sumerge, bucea,... Parece que su actividad estuviera regida más bien por un principio lúdico a juzgar por la forma en que la desempeñan. Sin embargo, las nutrias son unas excelentes cazadoras, y pocas son las presas que consiguen escapar a su astucia y habilidad.

 Ejemplar de cangrejo americano

Y al caer el día, desde los cantiles adyacentes al río, aparece de forma casi imperceptible el gran duque, el búho real (Bubo bubo). El príncipe de las tinieblas abandona su guarida y se apodera de la noche para hacer suyos los cielos de los Montes de Toledo.

Por el suelo se acercan otros fugitivos de la noche. Ginetas, garduñas, gatos monteses y otros pequeños depredadores merodean por la ribera del río en busca de presas incautas, que buscan cobijo en el interior de las aguas del Estena o entre la vegetación de ribera.

Destacando sobre todas las plantas, surgen con fuerza las alisedas, acompañadas de abedules, encinas y de fresnos, los vanguardistas de las estaciones, pues son los primeros en cubrir de verde sus ramas con la llegada de la primavera, o en dejar caer sus hojas conforme se acerca el otoño. También podemos encontrar algún mágico tejo, que trata de pasar desapercibido entre sus vecinos arbóreos. Ligados a estos bosques riparios, en zonas menos abrigadas, algunas especies botánicas se convierten en temibles depredadores, como las plantas carnívoras. Así, como inocentes vegetales, entre los brezos de pantano (Erica arborea) y los mirtos de brabante (Myrica gale), las atrapamoscas (Drosera rotundifolia) y las tirañas (Pinguicula Iusitanica) despliegan sus temibles encantos para atraer a los insectos hacia un destino fatal. Resultan inquietantes, ciertamente, las plantas carnívoras. Sus hábitos se encuentran en contra de lo que, a priori, podría parecernos normal. Una planta devora a un animal, aunque éste sea diminuto, y no al revés. Evocan una sensación mezcla de salvaje, fascinación, monstruosa, y fabuloso cuento prehistórico. Y es que, realmente, parece que estos seres de aspecto primitivo hubieran querido sobrevivir a lo largo de millones de años como uno de los más vivos y elocuentes testigos de que un día aquellos tiempos remotos existieron. Sin embargo, el paisaje prehistórico que un día presentaron estas tierras dista mucho de ser lo que es hoy.

Atrapamoscas con insecto atrapado

Entonces, durante el Precámbrico y el Cámbrico (hace unos seiscientos millones de años), así como en periodos posteriores, estas tierras se encontraban sumergidas bajo el mar. Las huellas de los trilobites se pueden observar, fosilizadas, en algunas de las rocas que se encuentran en la margen del río dando fiel testimonio de que cientos de millones de años atrás, aquel era un lugar inundado por el agua salada. Un lugar lleno de vida, igualmente, pero que ha evolucionado en lo que hoy se ofrece ante nuestros ojos, un paisaje completamente distinto al de entonces, pero con la misma esencia vital que aún hoy desprende la magia de este enclave.

La vida fluye y se desarrolla en sus múltiples formas en torno al río, integrándose y conformando un todo con el Estena manando unánimemente con sus aguas de manera libre y espontánea. Así sucede también con su vecino, el Bullaque, otro afluente del Guadiana que riega de vida los Montes de Toledo en su paso por la provincia de Ciudad Real. Los nenúfares reposan su belleza sobre la tensión de las aguas de este otro rico cauce de la Iberia meridional.
Son ríos vivos. Un conjunto en el que todos los seres se encuentran íntimamente relacionados entre sí siendo parte del río, un equilibrio delicado en el que cada uno actúa formando parte de un único cuerpo, el río, una serpiente fluvial que se enrosca y desenrosca rebosando vida en cada tramo que recorre en su paso por la tierra.

Fotografías: Nosoyundominguero.es / Axel Strauss / Lukasz Lukasik

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