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El buitre negro: El Monje Solitario | companeros


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El buitre negro: El Monje Solitario PDF Imprimir E-mail
Compañeros
Por J. M. Hernández de la Luna   
Martes, 29 de Septiembre de 2009 11:56

 

Una gran silueta planea sobre los Montes de Toledo. Una oscura forma que más parece una sombra que un cuerpo. Con sus tres metros de envergadura, el buitre negro (Aegypius monachus) es la rapaz de mayor envergadura de cuantas surcan los cielos ibéricos, con un peso que puede llegar a alcanzar los doce kilogramos.

Un buitre negro planeando

A diferencia de su pariente leonado, de hábitos gregarios, el buitre negro es por lo común un animal de costumbres solitarias. De hecho, de su designación científica extraemos que la palabra monachus proviene del griego monachos (μοναχος), esto es, solitario. Palabra que en la lengua de Cavafis también sirve para denominar a los monjes. Y quizás, en cierto modo, el buitre negro también nos pudiera parecer un monje asceta, con su vuelo sombrío, o cuando se encuentra erguido sobre el suelo, su calva cabeza sobresaliendo sobre el hábito tejido a base de plumas oscuras. A decir verdad, un cierto halo de misterio envuelve a este buitre, y, en general, a todos los integrantes de esta gran familia.
Detalle de la cabeza del buitre negro
Ya en el antiguo Egipto se consideraba a este animal como sagrado, relacionándolo con deidades como Mut y Nejbet, asociadas a la eternidad. Era símbolo de la benevolencia e incluso en ciertos aspectos se le atribuía un papel protector en el transcurrir del ser humano al más allá.

En la mitología etrusca, predecesora de parte de la tradición romana, Techulcha era un demonio femenino con pico de buitre que moraba en el mundo de los muertos, así como Karun, o Charun, el guardián del inframundo, descrito comúnmente como un demonio alado cuya boca era también similar al pico de un buitre. Quizás, estas dos identificaciones lúgubres y funestas del buitre por parte de aquellos pobladores del norte de Italia respondían a la mala reputación que en ocasiones se le ha atribuido a este animal como resultado de sus hábitos alimenticios, pues se trata de una especie eminentemente carroñera. Sin embargo, en el Tibet mantienen una concepción bien distinta, ya que los buitres son considerados como liberadores de las almas por los budistas, quienes, en vez de enterrar los cuerpos de los muertos, suelen dejarlos yacentes en una montaña para que sirvan de alimento a estas aves, quienes les libran de la opresión material de la carne. Práctica ésta que recuerda a la empleada por nuestros ancestros celtíberos, quienes abandonaban los cuerpos de los caídos en el campo de batalla para que sus espíritus fueran elevados a los cielos por los buitres, mensajeros de los dioses.

Ya bien sea  en los ritos funerarios o a través de la importancia de su figura como símbolo relacionado con la eternidad, parece ser que esta rapaz se ha encontrado siempre íntimamente ligada a lo trascendental según la ha contemplado la tradición humana a lo largo de los siglos. Y a decir verdad, estas aves desprenden un aura de trascendentalismo. En especial, nuestro monje solitario, cuyo vuelo sereno, controlado, casi horizontal, nos deja hipnotizados al contemplarlo, balanceado por las corrientes del aire. Apenas un leve silbido roza nuestro sentido auditivo cuando los flecos de las plumas de las alas del buitre se agitan por la acción del viento, mientras planea a escasa distancia por encima de nuestras cabezas.
Buitre negro en vuelo
Fiel a su estilo, el buitre negro es monógamo y, en condiciones normales, la misma pareja utilizará el mismo nido cada año, el cual suele encontrarse en la copa de un árbol de considerable porte, como pinos y alcornoques, pues aquél puede llegar a pesar varios cientos de kilos. Los padres se alternarán para incubar el, por lo general único huevo, que eclosionará tras algo más de cincuenta días, una vez entrada la primavera, si bien el pollo no abandonará el nido hasta pasados los cuatro meses, alcanzando la madurez sexual por lo general a los cinco o seis años.

De carácter menos beligerante y ruidoso que el buitre leonado (Gyps fulvus), si bien más voluminoso que éste, suele pasar algo más desapercibido en la disputa de las carroñas, aunque trata de anticiparse a los demás en la búsqueda de bocados más de su gusto, esto es, las partes magras, dejando las vísceras, piel y huesos para el resto de animales.

Y es precisamente en su alimento donde reside el mayor peligro para esta rapaz, ya que su hábito nutricional le llevó prácticamente al borde de la extinción, cuando se envenenaban las carroñas con productos tan mortíferos como el DDT, que diezmó la población de buitres en España. Las autoridades prohibieron terminantemente el uso del DDT y otros compuestos químicos letales, si bien hoy día hay quien sigue utilizando venenos y pesticidas para emponzoñar los cuerpos de los animales muertos, lo que sigue suponiendo un riesgo mortal para los animales que se alimentan de estas carroñas. Además, se ha detectado que determinados medicamentos administrados al ganado con fines antiinflamatorios provocan importantes enfermedades de riñón a los buitres cuando estos se han alimentado con los restos de un animal medicado. Así, en la India por ejemplo, el empleo de diclofenaco (un fármaco indicado para reducir inflamaciones) en el ganado ha causado verdaderos estragos entre la población de buitres.
Buitre negro posado en el suelo
El envenenamiento, unido a la explotación inadecuada de ciertos espacios naturales, la eliminación sistemáticas del ganado muerto en incineradoras especiales, y el estrangulamiento y electrocución en tendidos eléctricos, figuran como las principales causas de muerte no natural de los buitres en nuestro país. Sin embargo, el uso de venenos en la Naturaleza para la eliminación de una especie que no ha causado ningún daño, al contrario, desempeña un papel fundamental dentro del equilibrio ecológico, es, sin duda alguna, una de las prácticas más abominables de cuantas puede realizar el ser humano. La premeditación con la que se lleva a cabo este acto responde a un impulso muy poco ‘civilizado’, en ocasiones inspirado por la picaresca de algunos hombres, que piensan en recibir una compensación por parte de las autoridades por sus animales perdidos por ‘ataques’ de buitres. O llevados por la ignorancia, ya que hay quien teme que su ganado pueda convertirse en presa de estas rapaces. Resulta difícil de creer pues, si bien está constatado que los buitres pueden acosar a un animal enfermo o moribundo (el cual tendrá poco valor para el ganadero), muy rara vez se atreverán a atacar a un ejemplar sano.

Parece que la cordura se ha impuesto, y cada vez son más esporádicos los casos de envenenamientos, pero es importante que no olvidemos que, si la situación se invirtiera, si volviera a ser como hace unos años, quizás no tengamos una segunda oportunidad para poder seguir disfrutando con el vuelo del buitre negro, esa oscura y magnífica sombra que planea en los cielos ibéricos.

 

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Foto:  Philippe Macquet / Sebastian Niedlich / Joachim S. Müller

 

 
 
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