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Trágico emigrante | companeros


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Compañeros
Por J. M. Hernández de la Luna   
Miércoles, 13 de Agosto de 2008 21:38

 

Raudos, veloces, como si de un solo cuerpo se tratara, unos titanes pelágicos surcan las aguas en una de sus épicas migraciones. Se trata del atún rojo (Thunnus thynnus), el atún por excelencia, el rey entre lo suyos.  

Banco de atunes en el inmenso océano

 

Con un peso en estado adulto de más de 300 kilos, este formidable pez puede sobrepasar con facilidad los dos metros y medio de longitud. Nómada de las aguas batidas por Poseidón, el atún viaja constantemente desde el Atlántico hasta el Mediterráneo por mares templados y cálidos que normalmente no superen los 10 ºC de temperatura.
 
La llamada de la Naturaleza hace que la actividad sexual de los atunes despierte sobre el mes de marzo y los formidables animales emprenden un viaje hacia un punto común, el mar Mediterráneo, cuyas condiciones térmicas resultan idóneas para que los atunes culminen el ciclo reproductor anual. Las calientes aguas del Golfo de Cádiz actúan como un reclamo, un afrodisíaco hídrico que atrae a millares de ejemplares hacia el interior del Mare Nostrum hasta las puertas del Mar Negro. Los atunes se reúnen en unas concentraciones denominadas ‘genésicas’ y comienzan sus particulares viajes nupciales a través de las aguas de uno de los mares con más historia de la Tierra. Y es que los atunes son también historia del Mediterráneo. Ya en la época clásica, los griegos contaban historias fabulosas de peces de dimensiones descomunales para referirse a estos colosos marinos. Aristóteles hablaba de ellos como un bocado exquisito que los fenicios iban a buscar a las lejanas costas occidentales, allá donde los pilares de Heracles marcaban el comienzo de la Mar Océana.

Fue tan alto su valor comercial que se formaron ciudades dedicadas a la pesca y tratamiento de estos animales e incluso se acuñaron monedas púnicas con grabados de atunes, como las encontradas en la antigua Gadir (Cádiz). Se decía que la visión del ojo derecho del atún era tan poderosa que nunca perdía de vista la tierra y que dormía tan profundamente que ni tan siquiera el aguijonazo de un arpón le despertaba. Medio dormido, se hundiría en las profundidades marinas para volver a salir a flote más tarde, lo que hacía realmente difícil su pesca. Siglos más tarde, en 1294, el rey de Castilla y León, Sancho IV de Borgoña, ‘El Bravo’, le otorgó a Guzmán ‘El Bueno’ el privilegio de pescar atunes mediante el arte de la almadraba, consistente en la instalación de un laberinto de redes en las zonas de paso de los peces, para después izarlos a los barcos con ayuda de arpones. Los Duques de Medina Sidonia, descendientes de Guzmán ‘El Bueno’, heredaron este privilegio fomentando la importancia de las almadrabas, siendo la más conocida la de Zahara de los Atunes.
 
Hoy día, el interés por la carne del atún rojo se ha disparado, especialmente en los restaurantes de sushi del Reino Unido o en el mercado japonés, donde se llegan a pagar cifrar desorbitadas por un ejemplar de maguro, tal y como se le conoce en el País del Sol Naciente. Los barcos nipones esperan frente a las costas españolas donde reciben la preciada carga de los pescadores locales para llevarlo directamente a su lejana patria.
 
Ilustración de un magnífico ejemplar de atún rojo
 

Es en el mes de junio donde se concentra la mayor parte de la actividad que durante unas semanas enfrenta en una titánica lucha a hombres y peces. En este periodo, los atunes realizan el desove dejando de alimentarse, con lo que llegan a perder hasta el 35% de su peso original. Exhaustos y hambrientos, estos tritones cabalgan de nuevo sobre las olas de su padre Poseidón para emprender el viaje de retorno hacia las aguas libres del océano. Es una migración trófica, la búsqueda del alimento que tanta falta les hace. Se dispersarán yendo allá donde encuentran algo que llevarse a la boca. Los más rezagados se quedarán hasta julio y agosto, pero todos se marcharán, a excepción de los alevines y juveniles, que seguirán en  la guardería del Mediterráneo, a no ser que alguna corriente marina les impulse hacia el Atlántico prematuramente. Una vez adultos, se unirán al resto y viajarán hasta aguas de Inglaterra y Noruega en busca de arenques, sardinas y boquerones, para luego dirigirse a las Azores. Cuando hayan alcanzado la madurez sexual, seguirán al resto del grupo hacia el Mediterráneo para continuar con el ciclo de la vida, tal y como hicieron sus padres.

Pero no son las temibles redes de los pescadores el único enemigo al que deben enfrentarse los atunes en su paso por el Estrecho de Gibraltar. Unos gigantescos fantasmas marinos acechan a nuestros incansables amigos. Pintadas de negro y blanco, las orcas, las ballenas asesinas, esperan pacientemente el momento de atacar. Como los hombres, saben cuándo llegarán los peces. Lanzarán su ofensiva, un ataque más antiguo y de técnica más depurada que el arte de la almadraba. Las orcas están en su elemento y sus fauces pueden llegar a ser tan despiadadas como el más afilado de los arpones.
 
Son muchos los peligros que tienen que sortear los atunes en su carrera por la vida. Por si fuera poco, recientes estudios científicos sacan a la luz datos alarmantes que nos hablan de una inminente desaparición de la especie, en parte debido a la pesca indiscriminada. Esperemos que no sea así y se imponga la cordura. Que no se rompa el equilibrio y podamos seguir viendo muchos años el paso de los atunes por el estrecho. Para que el hombre pueda seguir pescando a estos fascinantes animales, como lleva haciendo durante siglos. Para que las orcas no esperen en balde, emboscadas entre dos aguas. Para que este príncipe de los mares siga surcando el reino oceánico en esos fantásticos viajes y no cierre nunca ese ojo derecho de poderosa visión, tal y como nos contaban los antiguos griegos.
 
 
 
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